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Libros


  La cultura nacional


Tema:
Editorial:
Año: 1965

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Prólogo por Guillermo Ariza:

 

FRIGERIO Y LA CULTURA NACIONAL

 

El concepto y la dinámica específica de la cultura son cuestiones centrales en el pensamiento y la propuesta política de Rogelio Frigerio.

 

En efecto, no consideraba a la cultura como un ornamento, y esto establece una primera diferencia sustancial con la mayor parte de nuestra dirigencia política y social.

 

Tampoco la cultura era para Frigerio ese ingrediente exquisito que eleva el espíritu, aún cuando el disfrute del arte fue una constante vital en él, y una necesidad personal que le permitía restaurar su ánimo y seguir en la brega.

 

Frigerio adscribía a una concepción objetiva de la generación de la cultura, vinculándola a la sociedad y a la historia. Asumía que cada época y cada pueblo crea inevitablemente sus formas culturales, sumándolas a la corriente universal y sirviéndose de lo que otros pueblos y otras épocas aportaran. Así, la identidad de cada sociedad establece las diferencias, y esa diversidad es fundamental para asegurar la riqueza del conjunto.

 

El concepto de cultura que Frigerio exponía en sus conferencias, libros y artículos, y al que no pocas veces recurría en los seminarios, no era otro que el formulado por las ciencias sociales luego de una larga decantación, hasta plantearse la búsqueda de una unidad conceptual que permitiese conectar y hacer comprensibles todas las manifestaciones del genio humano.

 

Frigerio aplicó tal planteo a realidades históricas y concretas, en primer lugar a la Argentina, pero siempre reconociéndose parte de una tradición intelectual que viene desde los griegos y que, pasando por el humanismo renacentista, desemboca en la ilustración y más propiamente en su cenit hegeliano.

 

Se ha dicho también que Frigerio tomó lo sustancial de la definición de cultura que condensaron los teóricos de la antropología y la etnología, que no por casualidad son ciencias que aparecieron impulsadas por el desafío para el conocimiento que significó la expansión del mundo colonial, al chocar con culturas no europeas a las que el poder se impuso por las armas y luego trató de comprender y organizar en su provecho.

 

Pero esa afirmación, con ser cierta, no es completa. Porque la síntesis que formuló Frigerio, aún cuando la expresó más como un intérprete que como una creación propia, alcanza un alto rango epistemológico, al sostener que cultura es acción del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo, modificándose y modificando su contexto, con los instrumentos de que dispone, en un ámbito y un medio histórico y geográficamente situado. Se advierte la enorme riqueza dialéctica de esta definición, y su apertura al dinamismo esencial que rige la vida humana y sus obras.

 

No es sorprendente tomar como manifestaciones culturales tanto una pieza artesanal como las más elevadas creaciones artísticas, pero sí es inusual en nuestro medio situar ese proceso creador y transformador en un contexto histórico de carácter nacional, y obtener del fenómeno conclusiones y guías tanto para la acción política en general, como también para inspirar orientaciones educativas, oxigenar la representación pública, y es útil hasta para la ubicarse respecto de su época, algo que todas las generaciones necesitan para no perder el rumbo respecto de la preservación de su propia personalidad y de su “ser-en-el-mundo”. Preservación, dicho sea de paso, que sólo puede alcanzarse con su desarrollo.

 

Frigerio insistía en el carácter unitario e integrador del proceso cultural, donde todos los aportes contribuyen a tejer una trama compleja en la que, en definitiva, nos reconocemos. Su propuesta programática de la integración y el desarrollo se enraíza en esta concepción de la cultura nacional y empieza por reconocer la herencia recibida de la colonización española en amalgama con las formas particulares, regionales, donde no estaba ausente la impronta poblacional anterior a la llegada de los conquistadores, constituyendo comunidades en las que el paso del tiempo, y sus trabajos, dieron lugar a pueblos nuevos que buscaron un lugar bajo el sol.

 

En esta visión de conjunto e histórica, la cultura nacional argentina se había forjado sobre la base material primaria pampeana, de la que Frigerio puso en evidencia su origen capitalista. La producción agropecuaria y el comercio resultante, habían gestado un tipo de hombres y mujeres abierto al exterior pero orgulloso de su pertenencia a esta parte del mundo, con formas propias de alimentarse, de vestirse, de construir sus viviendas, de relacionarse entre sí, privilegiando la amistad por encima de muchos otros valores, e incluso de entender la cosa pública, la política, y las corrientes del pensamiento universal de un modo particular. Había adquirido su identidad integrando los particularismos y las vecindades enriquecedoras.

 

Todo ello acontecía, durante el Siglo XIX, en el marco de un proceso expansivo de la economía, no exento de contradicciones, mientras el país lograba insertarse a nivel internacional provechosamente. Frigerio valoró la extraordinaria tarea de la generación del 80, unificadora de la geografía y de la sociedad, recibiendo inmigrantes laboriosos y nacionalizándolos con un gran esfuerzo educativo, pero marcó al mismo tiempo sus debilidades, al no privilegiar la industrialización y apostar sin reaseguros a la prosperidad de origen rural. Definió, así, el modelo agroimportador que perimió con la crisis irreversible de 1929-1930 (este argentinismo de origen jurídico, “perimido”, Frigerio lo introdujo en el uso político para calificar lo que había quedado obsoleto y era un obstáculo para el progreso).

 

El afianzamiento de la cultura nacional, la homogeneización de la sociedad y de sus perfiles característicos, durante el siglo XX, convive paradójicamente con el relativo estancamiento en que va entrando el país, con pocos períodos expansivos.

 

El proceso integrador de la cultura nacional, entonces, bajo la mirada de Frigerio, muestra al mismo tiempo luces y sombras. Destaca aquello que es propio, único, identificatorio, como el folklore y el tango, pero interroga también fenómenos como el rock nacional, en tanto expresión generacional y testimonio de la crisis cultural. Hoy seguramente, en esa línea de análisis, se interesaría por la cumbia villera, como muestra, en simultáneo, de marginalidad y reclamo desesperanzado de integración social.

 

No sólo ejemplificó su tesis con el arte, al que prestó siempre mucha atención, sino que incluso destacó varias expresiones materiales de nuestra cultura, como el alimento, con toda la riqueza de las cocinas regionales y su factor de asimilación de las corrientes de la inmigración. Y en ese marco se refirió a la política como forjadora de conciencia cívica, destacando tanto el comité conservador o radical como la biblioteca socialista y la unidad básica, aunque advirtiera que la integración y la educación obrera, y su consecuente nacionalización, eran más deudoras del sindicato que del local partidario.

 

Reclamaba de la política que fuera un factor de civilización, tarea ciertamente pendiente, y no cesó nunca de practicarlo con su propia conducta. Como ejemplo de ello, entre muchos otros, citaba la oratoria de los grandes parlamentarios del Siglo XIX, y la pujante alianza de clases y sectores que expresaron el yrigoyenismo y el peronismo, aunque en ambos casos insistió en su debilidad programática, y por lo tanto en la necesidad de una acción conciente desde el Estado para recuperar el tiempo perdido, impulsando todas las fuerzas productivas y creadoras que existen en el seno del pueblo.

 

El propio Estado es para Frigerio una construcción cultural: lo reconoce como la síntesis jurídica y política de la Nación. Es que Cultura, en su pensamiento, no se comprende sino en la Nación, puesto que la integración de las sociedades humanas adopta esta forma histórica. Ahora, cuando el proceso de articulación supranacional se presenta como una pendiente inexorable, tiene sentido repensar estos temas a la luz de las ideas de Rogelio Frigerio. Su tantas veces resistida tesis de que la integración en regiones supranacionales es un instrumento del monopolio, merece ser considerada en toda su importancia y actualidad.

 

En el repaso del pensamiento de Frigerio sobre la cultura es necesario hacer referencia también al vínculo que establece entre cultura nacional y cultura popular. Sentencia que “todo lo popular es nacional, pero no todo lo nacional es popular”, y pone a Borges como el gran ejemplo, rescatándolo por el lado de la milonga y el relato barrial. Esa dialéctica, entre nacional y popular, más allá del envilecimiento de las palabras por su uso vacuo, sigue siendo riquísima y constituye un manantial de inspiración literaria y artística.

 

A la luz de los recientes acontecimientos electorales de Misiones, viene a cuento la valoración que Frigerio hace del aporte de la Iglesia – y en este caso cabría hablar de las iglesias – en la forja nacional. Mencionaba las escuelas religiosas de artes y oficios, la enseñanza universitaria técnica, las escuelas salesianas de la Patagonia, y los impulsos a la ciencia de los centros católicos, destacando la astronomía y la medicina. “La religión y la obra de la Iglesia actúan como factor de cohesión nacional”, afirmaba.

 

Ustedes saben que Frigerio no fue sólo un gran pensador nacional. Vivió y actuó para llevar a la realidad concreta sus propuestas. En lo que hace a la cultura, no puede dudarse de que fue un protagonista apasionado. Amaba la poesía; tanto que publicó en 1954 una “pequeña”, así la denominó, antología de poemas. Casi veinte años después, en 1973, (esta vez con mayor pudor, pues lo hizo con un reconocible seudónimo), publicó “Argentina, canciones tradicionales y contemporáneas”, que nos emocionaron y reconfortaron cuando la violencia represiva nos encarceló.

 

Amigo de pintores y escritores, nunca dejó de estar atento a la creación. Su militancia política era insobornable, pero al mismo tiempo su sensibilidad estaba abierta a la contemplación emocionada de un Figari, de un Butler, de un Gómez Cornet. No cabe duda que la suya era una inspiración superior, que nos sigue alentando

 

* El autor es politólogo, y fue un estrecho colaborador de Rogelio Frigerio.